25 diciembre, 2020

ÁLVARO CORAZÓN RURAL, Y EL ARTE DE SACAR LA LENGUA A PASEAR.

Javier Rueda

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Tags: Gene Simmons KISS Paul Stanley

Os dejamos este artículo firmado por un tal Álvaro Corazón Rural que demuestra lo fácil que es sacar la lengua a pasear. El articulista muestra un enorme desconocimiento de la discografía de la banda. En fin, aquí tenéis la joya:

KISSMANÍA: NOSTALGIA DE LA INFANCIA DE OTRO. 

Mickey Mouse no tiene polla. Incluso alguien que no sea fan de Kiss dirá: Dios, odio a estos tíos, pero seguro que tienen buenas pollas. (Gene SimmonsTrouser Press, diciembre de 1978.

«Políticos, edificios feos y prostitutas: todos se convierten en respetables si viven lo suficiente» decían en Chinatown, de Roman Polanski. Era una película de 1974, año en que se publicó el primer disco de Kiss, un grupo que muy bien podría haber sido incluido en la ecuación. Sobre todo, a la vista de que, en el futuro, que es nuestro presente, la crítica musical iba a desaparecer del mapa y todas las propuestas de todos los tiempos iban a convertirse en respetables. Ocurre en la moda cuando hay crisis. De pronto, los looks de los años 20, 30, 40, 50, 60, 70, 80 y 90 aparecen en los escaparates a la vez. Quizá haya pasado lo mismo con la industria discográfica; hoy, todo aquel que pueda tenerse en pie sin hacerse caca ultima una gira y vuelve a los escenarios. Dan igual las modas, ya no las hay. Todo está vigente. Quizá sea también que el rock está muerto y todos los pecados han sido perdonados. Sea como fuere, Kiss son una institución. No vamos a discutir eso en Estados Unidos, donde también lo es David Hasselhoff, lo grave es que lo sean en España.

Consulto con el periodista Rafa Cervera, el promotor y editor Alfred Crespo y Miguel Ángel García, documentalista de Metal 80, y todos coinciden en contestar que en España no hubo kissmanía. En los años 70 no estuvieron bien vistos. De hecho, quien se atrevía a hacer gestos a favor de ellos era alguien como Alaska. Si pegaron con algo, fue con la canción discotequera «I Was Made for Lovin’ You» del LP Dinasty, de 1979, la que supuestamente no tenía nada que ver con su rollo. La primera vez que vinieron a Televisión Española no fue hasta 1982, al programa Aplauso. Al que más huella le dejaron fue a Almodóvar, que sacó a uno de los chavales de Qué he hecho yo para merecer esto, en 1984, con una camiseta de ellos. Un detalle kitsch.

No fue hasta los años 90, cuando la generación del grunge dominaba el mercado, que se empezó a hablar de ellos en términos de kissmanía. Un caso curioso, porque en los ochenta, Kiss, ya sin máscara, habían sido un hazmerreír. Grupos como Poison se consideraban detestables y el tipo de propuestas que había que barrer del mapa. Pues Kiss habían sido peores. Sin embargo, Kurt Cobain y compañía reivindicaban a los Kiss de su infancia y adolescencia. Algo que también hicieron grupos españoles, como Killer Barbies, que se deshacían en elogios hacia ellos, y con el tiempo ha resultado que Kiss también cuentan con una legión de fanáticos en estas tierras. Gente que no vivió el fenómeno de crío en los años 70 en el medio oeste americano, donde tuvieron más fans; peña que ha sentido la llamada, la pasión, a posteriori y en un país donde nunca la hubo.

La crítica española fue muy escéptica con un grupo que no hacía falta ser un lince para percibirlo como una obscena operación de marketing. En los recortes que me facilita Miguel Ángel García, vemos que en el Popular 1 de julio de 1975, Jordi Serra i Fabra escribía: «Hacen un rock vivo y a veces algo repetitivo. Yo he podido escuchar sus tres álbumes y no he hallado demasiada diferencia entre ellos (…) personalmente no creo que estemos ante una banda trascendente, su importancia está por ver (…) por el momento su aval radica en la combinación del efecto, la estética visual y el tremendismo de su música (…). El sentido de la corrupción moral, incluso el sentido del ridículo, a través de unos disfraces y rostros pintados a modo de diablos malos de las aventuras de Batman, no deja de ser el trasfondo de una sociedad decadente y fluctuante que está buscando metas cada vez más incongruentes partiendo del absurdo y del no va más estético».

En 1977, Oriol Llopis, en Star, acentuaba su carácter puramente comercial: «Una historia mitificadora ofrecida única y exclusivamente a los adolescentes americanos amantes del Capitán América y los superhéroes (…) que la Coca-Cola se llame Coca-Cola no quiere decir que tenga coca (…) no es una simple banda de música, es uno de los negocios más bien organizados de USA (…) estás asistiendo a una función de polichinelas, unos polichinelas que hacen hard, o heavy metal, o como quieras llamarlo, unas marionetas que tocan rock and roll».

En Disco Expres, el 10 de febrero de 1978, tampoco se lo habían tragado a pesar de que ya habían conquistado medio mundo: «Esos yanquis de plástico lanzados al éxito desde una maquiavélica mesa de operaciones comerciales (…) todo cronometrado desde las ahora lujosas oficinas de su grabadora. (…) La pena es que Kiss son cada vez más un entretenimiento público que llegará a ser tan típicamente yanqui como Glen Miller o la estatua de la Libertad. Monigotes sin personalidad aborregados bajo unos afiches como si de vender Coca-Cola se tratara».

En los inicios, a principios de la década, Gene Simmons Paul Stanley ya habían formado un grupo, Wicked Lester. Sus canciones han aparecido en la caja de Kiss de 2001. «Keep me Waiting», una pieza pop con arreglos orquestales, no estaba nada mal. Tampoco «Love Her All I Can», de la factoría de imitadores de Hendrix del momento, que era muy prolífica. Epic les fichó, pero al final no sacó el disco que grabaron. Poco después, el dúo Stanley-Simmons recogió a Ace Frehley, un chico del Bronx que tenía un pómulo reconstruido por las peleas callejeras y había esnifado pegamento, como reconoce en sus memorias No regrets, y a Peter Criss, quien inspiró el nombre de Kiss tras haber tocado en Lips, y comenzó una nueva andadura. Se reinventaron aprovechando el tirón del glam.

Se movieron en los círculos de New York Dolls. Un grupo que, como es sabido, lo tenía todo, resucitaba el rock and roll auténtico, su imagen era un desparrame perfecto para la era glitter, también eran un antecesor del punk, pero que, como muy bien observó Simmons, en realidad no vendían gran cosa. En Please Kill Me, el gran libro sobre la nueva ola y el punk neoyorquino, se habla de un concierto en 1973 en la Academy of Music con los Dolls, Iggy and the Stooges y Kiss, que en el cartel todavía tenían eses normales en el logo, no las que imitaban rayos o se parecían casualmente a las de las SS de Hitler, las cuales fueron años después censuradas en Alemania para sorpresa de Simmons, que es judío, al igual que Stanley. El ambiente aquel día, relatado por Duncan Hannah en el citado libro, era muy edificante: «Fui a casa de Danny. Teníamos algo de cocaína y champagne y nos maquillamos porque era ¡glam rock! ¡glitter! ¡yipeee! Fuimos al show y los Dolls estuvieron geniales, «Jet Boy» era increíble, y estaba todo el mundo: Todd RundgrenMackenzie Phillips, ciegos de quaaludes, muy jodidos, era una escena muy decadente».

Un ambiente en el que nunca encajaron Kiss. Mientras a los demás les sentaba bien la androginia, ellos parecían, así lo admitieron, jugadores de fútbol americano travestidos. Stanley fue un niño obeso y Simmons no era muy agraciado. En sus propias palabras: «Yo era un hijo de puta feo. En mi mejor momento, era como un perro al nacer». Y mientras ahí iba todo el mundo ciego, ellos no se ponían. Puede que gracias a esa distancia lograsen la perspectiva necesaria para definir un concepto que lo petase en el mercado. Se ha hablado de la referencia de Slade, con un look delirante y un miembro del grupo disfrazado de marciano, pero que hacían himnos que se podían corear en campos de fútbol. Se ha hablado de la puesta en escena de Alice Cooper, que había tocado techo en 1973 con Billion Dollar Babies y se le había disuelto el grupo. Lo cierto es que en aquella época lo que lo petaba necesitaba presencia escénica. Los Osmonds, los Jackson 5, los Bay City Rollers, incluso «Lancelot Link, Secret Chimp», un programa de televisión en el que salían monos tocando rock and roll, era lo que funcionaba. Ellos fueron el paradigma de la música comercial y ahí se colaron Kiss, no con la etiqueta de roqueros, sino con la de los más heavys de todos los roqueros habidos y por haber.

Esos días, fueron teloneros de todo Cristo y pronto se pusieron a sacar material como churros. En dos años, entre 1974 y 1976, lanzaron cinco discos de estudio y uno en directo. Sin que los elepés fueran especialmente buenos por separado, en este periodo dejaron un reguero de clásicos envidiable: «Strutter», «Deuce», «Black Diamond», «C’mon and Love Me», «Rock and Roll All Nite», «Detroit Rock City», «God of Thunder», «Shout It Out Loud», «Do You Love Me», «Mr. Speed», «Hard Luck Woman», «Makin’ Love»… Esto no lo puede discutir nadie.

Pero la crítica no lo celebraba. Nada menos que Mick Farren, en el New Musical Express del 22 de febrero de 1975, explicó que lo que habían hecho los Who y MC5 en los 60 con su sonido high energy se debía a «un enlace físico casi subconsciente, como un anillo de retroalimentación entre el músico y el oyente» al que llevaron «a los niveles más altos de éxtasis». Remarcaba: los de los 60 sabían cómo hacerlo, pero no había una fórmula detrás. Kiss, decía, trataban de reproducir esa comunión mediante «esfuerzo y lógica». La réplica, sentenció, «simplemente no funciona». Su premonición fue que, si haciendo eso triunfaban, eso explicaría «por qué el planeta va tan mal de diversión».

Hubo una polémica con Blue Öyster Cult. Paul Stanley les acusó de haber copiado sus trucos pirotécnicos en el escenario. Murray Krugman, productor de BOC, explicó en Circus en julio del 75 que ambos grupos no tenían nada que ver: «Cult es un grupo con contenido lírico y estructura de canciones, lo que los hace algo completamente diferente a Kiss. Si Kiss aprendieran a escribir canciones, serían lo más grande desde el pan de molde». En Inglaterra, sin embargo, esos efectos especiales en directo cotizaban a la baja. Harry Doherty escribió en Melody Maker el 22 de mayo de 1976, tras verlos en el Hammersmith Odeon: «Dependen de la pirotecnia para ganarse a la audiencia (…). Por favor, no permitáis el argumento intelectual de que Kiss son una parodia de todo lo que ha pasado en el rock and roll en los últimos diez años, de ninguna manera, incluso las parodias tienen talento. Espero que no tengan en este país el mismo impacto superficial que han tenido en Estados Unidos».

En la prensa más abierta a lo extremo y vanguardista, CreemRobert Duncan decía que, si te tragabas las premisas de Andy Warhol con respecto al arte y su comercialización, Kiss te deberían parecer Miguel Ángel, el pintor de la capilla Sixtina, pero no le convencían y lo expresaba sin ambages: «Yo odio su música. Odio su maquillaje. Odio su ropa. Odio su puesta en escena. Odio las portadas de sus discos ¿Me he dejado algo? Si son dueños de patos, odio a los patos». Lester Bangs, al que algunos llaman el mejor crítico de todos los tiempos, mencionó en Circus que su directo sonaba «como un enema eléctrico».

Pero dio igual. Se comieron el mundo y, como queriendo enrabietar más a la crítica, se lanzaron a vender toda clase de souvenirs. En sus conciertos abundaban los adultos con niños, con sus hijos. Al margen de la población en edad escolar, solo se creían firmemente su propuesta los fanáticos religiosos, que les escribían cartas amenazantes por su relación con Satanás que, además, quedaba a la vista en el acrónimo de su nombre: Knights in Satan’s Service (Caballeros al servicio de Satán).

Aparecieron en todos los programas de televisión, en los cómics de Marvel y la traca fue sacar un disco en solitario cada uno a la vez. A partir de ahí se inició su declive, que tuvo otro gran episodio cuando traicionaron a su público, pensando como siempre en el dinero, lanzando una canción disco, la única, como se ha dicho, que tuvo cierta difusión en España.

Kiss
Gene Simmons y Paul Stanley. Fotografía: Michael Putland / Getty.

Leamos a Paul Rambali en el New Musical Express del 20 de septiembre de 1980: «Tienen poco que ver con el rock and roll (…) solo porque ocho mil imbéciles se vuelvan educada e inofensivamente locos cuando un payaso disfrazado grita “rack’n’rowl” a través de una megafonía demasiado alta no significa que el rollo sea real (…). Por extraño que parezca, mientras que los otros todavía se comportan como estrellas del rock un poco incómodas en la pantomima, solo Simmons parece comprender que Kiss es realmente una pantomima basada en un grupo de rock». La reseña del directo acababa con unas declaraciones de Ace Frehley: «Solo quiero decir una cosa o dos sobre los periodistas de rock. Piensan que son muy listos y que lo saben todo sobre el rock and roll, pero no saben nada. Ellos dicen que Kiss es una mierda (…). Se pueden ir a tomar por culo. Porque nosotros sabemos lo que es el rock and roll, vamos a rocanrolear todo el día y a irnos de fiesta toda la noche». A lo que el periodista apostillaba: «¡Ouch! Ahora sé lo que se siente cuando te golpean en la cara con una guitarra invisible».

¿Quién se emocionará con el legado de Kiss en los años 80? Salvando a camioneros estadounidenses que causaran estragos en puticlubs del medio oeste con sus temas y deportistas, raro es que haya alguien que vea algo en ellos al margen del talento dactilar de los guitarristas invitados, como Vinnie Vincent. Pero como se le ocurra a algún medio dar publicidad a las entrevistas que daban entonces, ni siquiera eso se reconocerá. Fue sonado que Paul Stanley apareciera en el documental sobre heavy metal El declive de la civilización occidental entrevistado en una cama con cuatro mujeres. Su hábitat natural, pretendía dar a entender, aunque buena parte del público lo que entendió fue que, como era homosexual, tenía que presentarse de esa guisa. Esa era la tónica habitual. Absolutamente impensable en la actualidad. En una entrevista de 1995 en Elle, Gene Simmons le dijo a la periodista: «Me gustaría verte las tetas», para explicarle acto seguido: «La palabra “no” no significa nada para mí, es tan solo un paso más hacia el “sí” y “sí” significa todo».

En los años 90, fueron a rebufo de todas las modas. En 1993, se endurecieron para dejar atrás el glam o pop metal ochentero que de un plumazo se había pasado de fecha. Luego se marcaron un unplugged en 1996, como todo dios, y en 1997 salió la madre de todos los bochornos, su disco grunge, programado para 1995, pero retrasado por una gira de regreso al maquillaje. Carnival of Souls venía a ser una pobre imitación de Alice in Chains que en el pecado tuvo la penitencia, ese mismo año, 1997, cuando más o menos ya se podía certificar la muerte definitiva del género con la disolución de Soundgarden. El lanzamiento llegó póstumo a los estantes de las tiendas. Los discos que vinieron después, de nuevo enmascarados —Psycho Circus (1998), Sonic Boom (2009) y Monster (2012)— podrían estar compuestos con un algoritmo. De hecho, no deberíamos descartar este extremo.

Para 2019 se planeó una gira de despedida de tres años. Es la segunda vez que se despiden. Simmons dejó abierta la puerta a la emisión de un reality show del que puedan salir unos sustitutos y las siguientes giras las realicen ya ellos. En sus últimos conciertos en España se han pagado entradas de hasta ochocientos euros por verlos. En 1983, cuando vinieron por primera vez y con la kissmanía ya de capa caída en Estados Unidos, metieron en Madrid apenas mil personas, la mayoría de ellos estadounidenses de la base de Torrejón de Ardoz, según le comentó a esta publicación Gaby Alegret, el promotor de los shows. Según Mariskal Romero, pudieron llegar a cinco mil.

Es, por lo tanto, curioso que un grupo para niños y adolescentes estadounidenses, que nunca cuajó realmente en España, se siga ahora como una experiencia única. Una celebración nostálgica de la infancia… de otro. A veces parece que, en la construcción del personaje que todos hacemos con nuestras tristes vidas, haya quien se trinque el modelo anglosajón como si le hubieran insertado un chip de Memory Call. Pero bueno, que cada uno haga lo que quiera, faltaría más. «Todo acto de amor es un escalón hacia el amor de Dios», dijo Platón.

Enlace al artículo: https://www.jotdown.es/2020/12/kiss-kissmania-grupo-canciones-critica/