Poco o nada debe de importarle a los fans de Kiss y al público no tan fan que acude a sus conciertos, la tan llevada y traída polémica de los backing tracks vocales, playbacks y demás ayudas técnicas a la voz de Paul Stanley. Es más, diría que la gran parte de ese sector de público generalista no sabe de lo que estoy hablando y que es un debate en las redes sociales librado por las diferentes corrientes de opinión que hay en el universo KIss.

Digo que nada o poco importa lo de los backing tracks a juzgar por la cantidad de público que noche tras noche está acudiendo a los conciertos de la banda, desbaratando hasta la fecha  los pronósticos catastrofistas de los haters  y gente que no ve con buenos ojos al Kiss actual, que para más inri se está despidiendo sin contar con Ace Frehley  y Peter Criss.

He visto a Kiss  en  todas sus giras europeas de  la última década y cada nueva ocasión era una nueva vuelta de tuerca a la garganta de Paul Stanley. El sufrimiento vocal de Paul Stanley en Torino 2017 me tocó emocionalmente y en  Madrid 2018, sin las cuerdas vocales castigadas por una larga gira, quedó patente que sin “ayuda” Starchild no podría afrontar una extensa gira de despedida.

Está claro que Kiss han tenido que tragarse sus propias palabras y recurrir a lo que otras bandas han recurrido y ellos han criticado de manera feroz.  Reconozco que la idea no me agradó en un principio,  pero después de ver el “nuevo show” y  cómo iba transcurriendo la gira llegué a la conclusión de que Paul Stanley,  el mejor frontman con guitarra colgada en décadas, ya lo había demostrado casi todo y que él y sus fans no merecían dos horas de sufrimiento.  Aclarada mi postura no dudé en embarcarme en la aventura de asistir al que probablemente será mi penúltimo o antepenúltimo concierto de Kiss,  pues de manera extraoficial se habla de dos fechas para 2020 en España.

El lugar que elegí para esta gira fue el nordeste de Inglaterra, así que la mañana del catorce de julio partí hacia Newcastle desde la soleada Alicante en compañía de Mauricio Kissman y Kisspep, dos maestros cada uno en lo suyo.

Newcastle upon Tyne es una ciudad de tamaño medio, de unos doscientos setenta mil habitantes con una rápida conexión por metro entre el aeropuerto y el centro urbano y con un recinto multiusos, el rebautizado Utilita Arena, con capacidad para once mil personas en el caso de los conciertos.

Se trata de un recinto alargado, con unos graderíos no muy altos, con buena visibilidad y  que Kiss llenó prácticamente en su totalidad,  quedando sólo el clareo en la parte posterior de la pista, en los metros finales comprendidos entre la mesa de sonido y la grada del fondo en la que estábamos ubicados. Quizá la tradicional foto de Kiss con el público a sus espaldas no se haya subido a Kissonline por la cantidad de humo que quedó flotando en  el recinto y que, con las luces del pabellón encendidas, dificultaba ver lo que había en el otro extremo.  El momento del saludo al público y la foto es algo que desde nuestra posición tuvimos que intuir.

Internet y Youtube han acabado con la capacidad de sorpresa, pero aun así, conociendo todas las paradas del camino, no puedes evitar la emoción ante la caída del telón y la irrupción en escena con la inmortal Detroit Rock City, con la banda descendiendo del techo entre humo y explosiones. Creo  que el actual inicio del show es el más espectacular en la historia de la banda y lo mismo podemos decir de la iluminación y de la pirotecnia (la más vistosa y ruidosa de toda su carrera). Kiss mantienen sus números fijos y Gene Simmons escupe fuego en War Machine y asciende al techo tras vomitar “sangre” en la previa a God of Thunder. Esta vez Gene no asciende al techo enganchado de un arnés y sale propulsado hacia las alturas sobre uno de los octógonos que forman parte del espectacular juego de luces y vídeo (por cierto, el número de octógonos en la gira europea se ha reducido respecto al periplo estadounidense). Gene a sus 69 años sigue siendo una máquina de aplanar carreteras y cuanto más viejo más…  No se corta en gargajear al lado del micro y soltar un sonoro pollo de residuos tras el número de la sangre. Tampoco se corta a la hora de intentar pasar la lengua por el morro a Tommy Thayer en la parte central de Cold Gin y soltar otro bonito salivazo que la super pantalla octogonal de altísima definición permite apreciar en verdadera magnitud.

Eric Singer realiza en 100.000 Years un fantástico solo mientras su batería asciende unos metros sobre el nivel del escenario mediante un elevador de tijera. Mientras se seca el sudor de manos y brazos demuestra su dominio del doble bombo al que Paul Stanley parece tenerle tanta manía. Para no ser menos, Gene Simmons y Tommy Thayer también son ascendidos en elevadores de tijera dispuestos en los extremos del escenario, como si fueran  afanados trabajadores municipales que van a cambiar una bombilla a una farola, mientras Paul, en el centro, hace participar al público preguntando una y otra vez: Do you feel alright?

Mención especial merece en mi opinión la iluminación y la disposición de las nombradas pantallas octogonales durante  el  solo de Tommy Thayer a continuación de Cold Gin. El solo es muy similar al de ocasiones pasadas, manteniendo la esencia Frehley, pero utilizando una guitarra con forma de flecha (no sé si una Gibson Flying V) para disparar cohetes. Para mí fue uno de los puntos altos en cuanto a iluminación y puesta en escena,  con los octógonos simulando platillos volantes a los que Tommy dispara con su guitarra.

Otro  de los momentos más esperados es el  vuelo de Paul en tirolina hacia el mini escenario situado en la pista. Esta vez el miniescenario no gira y cuenta con dos micrófonos colocados en extremos opuestos que Paul va alternando.  Desde allí interpretará Love Gun y I Was Made For Loving You, regresando al final de esta canción al escenario principal para interpretar Black Diamond con el resto de la banda y cerrar la primera parte del show con abundancia de pirotecnia  y elevación de Eric Singer y su batería a las alturas.

Llega el primer bis y el momento que para muchos debería estar reservado como aparición especial de Peter Criss en una despedida de Kiss.  Del suelo del escenario brota un piano y sentado frente a él Eric Singer accionando las teclas y cantando Beth sobre una base sinfónica.

No sé si Eric toca el piano en esta canción o simplemente hace un paripé, pues no hay primeros planos de su disposición de las manos en el teclado, pero canta Beth como si fuera su momento y su canción. El público de Newcastle, que en su mayoría presenta una edad que empieza a ser provecta (como es el caso de la mayoría de la Kissarmy), responde entusiasmado y emocionado.

Después de Beth llega el momento de los saludos, reverencias  y la foto con el público oculto en la niebla para dar paso al fin de fiesta.  Así llegan Crazy Crazy  Nights con lluvia de balones y por último Rock and Roll all Nite,  con una lluvia tal de confeti proyectada con cañones desde el centro de la pista  que apenas si veíamos desde nuestra posición el paseo de Gene y Tommy en las grúas giratorias sobre el  público. Tampoco divisábamos con claridad lo que estaba ocurriendo en el escenario, incluida la destrucción de guitarra por parte de Paul. Tras la rotura de la guitarra, último despliegue de pirotécnica a cascoporro y mensaje en la pantalla gigante: “Kiss loves you Newcastle”.

¿Querías lo mejor, tuviste lo mejor?  O dicho otro modo   ¿Cubrió Kiss las expectativas?

Por mi parte he de decir que sí y parece ser que el público de Newcastle (un poquitín menos efusivo que el español) también diría lo mismo.  Kiss ha mantenido sus números escénicos clásicos pero incorporando mejoras notables en el sistema de iluminación y vídeo que eran necesarias para introducir al grupo en el siglo XXI. La pirotécnica, otra de las señas de identidad de un show de Kiss, también ha experimentado una gran mejoría.  Detroit Rock City al principio del show es un perfecto avance de lo que vendrá.

¿Y la parte musical?

Mentiría si dijera que el tema de los backing tracks no me produce cierta reserva, pero es lo que hay.  La nueva pantalla gigante cuenta con una definición de imagen como antes no se había visto en un show de Kiss, así que pasé mucho rato centrando mi atención en los labios de Paul frente al micro,  buscando ese gesto desacompasado entre la boca  y lo cantado y no hallé el gazapo. Quizá fuera Heaven´s On Fire el tema en el que se hace más patente la ayuda vocal, aunque a todos nos queda claro que la ayuda “haberla hayla” en casi todos los temas de Paul y algún que otro coro. Por otro lado, la voz de Gene suena igual de cruda y directa que siempre, lo mismo podemos decir de la voz de Eric, manteniéndose intacto el filo vocal e instrumental en Deuce , Let me go Rock and Rol y Black Diamond. Puedo equivocarme en mis apreciaciones (el tiempo lo dirá) pero Kiss tocaron “live” sus instrumentos de principio a fin.

El público quedó en su mayoría encantando con el show y durante el domingo y el lunes no dejamos de cruzarnos en la calle con gente que llevaba puesta su remera de Kiss. El mismo día del concierto el rock bar Trillians sirvió de punto de encuentro para la Kissarmy y tuvimos la ocasión de saludar a varios “veteranos de guerra”, entre ellos a un amigo de Mauricio que vió por primera vez a la banda en 1980 y conoció los días de clubes de Iron Maiden, entre otros.

No perdimos la ocasión de pasar por delante del City Hall, lugar en el que Kiss actuó allá por 1983, 1984 y 1988 y tampoco desperdiciamos la información privilegiada que nos pasaron dos pajaritas, una de Murcia y otra de Jaén, y nos presentamos la mañana del lunes en el hotel en el que se alojaban nuestros héroes.

Como si fuéramos de algún servicio secreto nos sentamos en el salón-vestíbulo del hotel  tratando de no llamar la atención de Danny Francis y Steev Toth, responsable de seguridad y tour manager respectivamente.  Apareció Tommy Thayer  con pantalón de chándal negro, camiseta blanca y gafas y se introdujo  rápidamente en el ascensor.  Al rato bajó Doc McGhee con gorra y portando palos de golf y a los pocos minutos apareció de nuevo Tommy con pantalón corto oscuro, polo blanco y palos de golf. Ambos desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos.

En vista de «la calma chicha” y de que se acercaba el momento de buscar un sitio para comer y recoger nuestro equipaje, nos marchamos del Vermont Hotel dejando allí a dos suecos, con cara de espías, que también andaban a la caza de la foto y el autógrafo. Quiso la suerte que Danny Francis y Steev Toth pasaran delante del establecimiento en el que  Mauricio, Kisspep  y yo estábamos comiendo, así que con mucho tiento Mauricio y yo los abordamos en la calle. Steev se mostró algo reticente al principio pero al ver que Danny nos daba bola y era amable desde el primer segundo optó por darnos bola también y responder a las preguntas que Mauricio le hizo respecto a los cambios en las pantallas de vídeo según en qué recintos.

Accedieron a fotografiarse con nosotros, no dijeron ni que sí ni que no a Kiss en España 2020, Steev sacó de uno de sus bolsillos un puñado de monedas mezclado con púas y nos regaló una a cada uno, una firmada por Gene para Mauricio y otra firmada por Paul para mí. Nos estrecharon la mano y Danny nos emplazó a que respetáramos el descanso de los “muchachos” que estaban muy muy cansados. Por supuesto que le hicimos caso, nuestro avión salía esa misma tarde rumbo a Alicante.

El viaje de regreso con la parroquia inglesa en Ryanair, el particular sentido del humor de Mauricio y sus cabreos con la seguridad en los aeropuertos darían para escribir un jugoso y divertido relato. Quizá la próxima vez.

Mauricio y Kisspep  fue un placer compartir la experiencia con vosotros.

Texto y fotos: Ricardo Martínez para Kiss Army Spain.